De placeres sin rumbo y vivir jugando

En psicología es clásico distinguir dos tipos de felicidad. Una es la que se alcanza logrando objetivos. Es la alegría de la auto-superación, la del final de la meta. La otra es la felicidad del placer sin retos, la del hedonismo, la que experimentamos cuando disfrutamos de alguna actividad que no sirve para nada.

Las dos felicidades son posibles en todos los seres humanos, pero probablemente hay personas a las que les resulta más fácil una que otra.

Hay individuos que pocas veces disfrutan del placer por el placer. Sólo les proporciona felicidad aquello que conduce a una meta. Les cuesta disfrutar de una charla insustancial; de un juego que no desarrolle ninguna habilidad… o del placer de dormir.

Hay otras personas que no se plantean siquiera para qué sirven esas actividades. Las gozan y punto.

Muchas veces luchar por nuestras metas supone sacrificar placeres cotidianos. Cada vez nos cuesta más experimentar la diversión sin metas. Vamos a gimnasios para estar mejor físicamente, acudimos a fiestas para ver a gente que nos interesa en nuestro trabajo, buscamos que los niños jueguen aprendiendo algo…

El precio que estamos pagando por olvidar el hedonismo es alto. Incluso nuestros sueños y fantasías están cada vez más influidos por la vida cotidiana. Nos cuesta fantasear y divertirnos y, quizás por eso, nos cuesta cada vez más desconectar. Y eso no es muy buena señal, porque la falta de capacidad de desconexión es el factor más relacionado con el distrés, el estrés negativo.

El juego, la ensoñación, el pensamiento sin objetivo se están quedando sin espacio en nuestra cultura. Que no nos ocurra eso nunca…

El hábitat del unicornio. Luis Muiño