La retórica vacua para dar una imagen pública

En la vida académica, en la política, en la cultura o en los libros de autoayuda podríamos encontrar cientos de ejemplos de retórica vacua.

Porque el lenguaje carente de información es una de las armas de las que se valen aquellas personas que manejan muy bien la imagen que dan ante los demás.

Según el manejo de la imagen pública:

  1. Hay personas que hacen muy poco por controlar lo que los demás piensan de ellos. Tienden a ser espontáneos, hablar con todas las personas de una forma muy parecida y dar información sobre sí mismos a todo el mundo que se la pide. Lo que dicen casi nunca es tópico, y por eso muchas personas no están de acuerdo con ellos.

  2. Otras tienen un gran control sobre su imagen pública. No suelen actuar con naturalidad porque lo que dicen está en función del público que tienen en ese momento. Cambian según las personas con las que están y controlan la información que proporcionan a cada testigo. Una de sus tácticas, es, por supuesto, el uso del lenguaje.

Para dar una imagen pública "hay que decir a cada persona aquello que más le gusta escuchar". Como esto es muy complicado cuando se habla ante grandes auditorios, lo mejor es tirar de frases ambiguas con las que todo el mundo está de acuerdo porque cada uno las entiende como le conviene. Por ejemplo: “mi principal preocupación es que los ciudadanos sean cada vez más libres” o “debemos cultivar nuestro lado más humano y espiritual”. Son palabras agrupadas que significan lo que quiera quién las escucha. Y eso siempre es gratificante para el auditorio… y para el orador.

Este uso marrullero del lenguaje sólo tiene un inconveniente: a fuerza de no decir nunca nada, una persona puede acabar no teniendo nada que decir. Las personas que están continuamente pendientes de su imagen, acaban por no ser nadie. Se quedan sin personalidad, y la vida se les va pasando sin haber estado en ella. Lo cual es una lástima, porque como decía Cantinflas: “hay momentos en la vida que hay que disfrutar, porque son verdaderamente momentáneos”.

El hábitat del unicornio. Luis Muiño.

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